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Elegir La Vida Cada Día

Elegir La Vida Cada Día

¿Cuáles son las palabras que aún no tienes? ¿Qué necesitas decir? ¿Cuáles son las tiranías que tragas día a día e intentas hacerlas tuyas hasta que te enfermas y mueres de ellas, todavía en silencio?

Audre Lorde.

Son las nueve de la noche de un viernes, hace buen tiempo, no hace calor ni llueve, estoy sola en casa, suena bajito algo de música, en mi mente hay mucho ruido, tengo muchas ideas, la presión de seguir con la tesis, plazos que se acercan y el reloj como una bomba de tiempo que me angustia, planes de trabajo, tengo que enviar correos, tengo que dar seguimiento a procesos, tengo que llamar a mi abuela para saber cómo está preguntar sí necesitan algo, tengo que escribir un artículo, editar, quiero leer, tengo que escribir al menos un capítulo de la tesis, enviar más correos, pensar qué pasa sí me dieran el “si” para el puesto al que recién apliqué, pensar en buscar apartamento, la mudanza que he postergado, igual si es un “gracias por aplicar pero no fue seleccionada” pensar en otra mudanza, empezar a empacar.

Tengo mensajes sin leer y otros sin enviar, tengo muchas palabras atoradas, tengo silencios y suspiros acumulados de sentires que no he logrado descifrar, tengo llantos no llorados, tengo un par de “te extraño” que no envié, algunos “lo siento, cometí un error” enviados sin recibir respuesta y muchos “lo siento, debí cuidarte y quererte más” para decirme a mí misma.

Hace ruido en mi cabeza, sé que tengo pendientes desde hace un mes, son las nueve de la noche y no tengo ni ganas ni energías para concentrarme en una sola tarea. Aunque tengo todas esas cosas en mi cabeza hay una idea o un sentir que pesa más: me siento profundamente triste y vacía, como sí en toda la semana, el mes, los meses desde hace meses, cada noche vinieron dementores a succionarme la alegría, los buenos recuerdos, las ganas por construir, mis planes y mis ganas de vivir que con tanto trabajo he ido aprendiendo a sentir.

Me rehúso al diagnóstico, mi terapeuta no lo menciona cabal con sus letras — en parte porque se lo pedí — puede ser depresión, o solo una tristeza profunda y aguda que me acompaña desde hace meses, pero, que en realidad siempre ha estado presente, nomás a veces se va de vacaciones, me deja descansar de ella y disfrutar de mí, con otras, de la vida.

Hace unos días sentí tristeza, me permití el llanto, había una razón lógica para estarlo, recibí un mensaje doloroso de la manera más fría que me lo pudieron dar, un cáncer que llegó invadiendo todo, la noticia me dolió y duele a personas que quiero, una de las mujeres que se encargó de mi crianza está enferma, su cuerpo siente mucho dolor, su corazón está triste desde hace dos años. Ella y yo nos distanciamos hace años, la ruptura con mi familia implicó distanciarme de ella, implicó que lo poco que nos comunicábamos ahora sea mucho menos. Tenemos diferencias significativas, de esas diferencias de valores e ideas que le hacen creer que su dios no me acepta. Pero tenemos mucho en común.

“He estado sufriendo mucho, pero vos sabes por callarme todo siempre me aguanté no le dije a nadie y mira donde vine a dar…”, me dijo el día que fui a visitarla al hospital, sabiéndome inútil, sí acaso mis ahorros son una mínima ayuda, mi presencia es inútil no quita su dolor ni su tristeza, ni la angustia de la espera. Tengo clavadas sus palabras y sus gestos, la observé mucho, trato pero no se deja cuidar ni atender por mí. Hace varios años pasé a ser una no tan bienvenida visita en la familia, y no me queda más que asumirlo.

Tenemos muchas diferencias las mujeres de mi familia y yo, de esas que las hace estar convencidas que mi forma de vivir, mis deseos, mis decisiones, mis ideas, mis amoras, mis reflexiones, son algo del “demonio” porque están lejos de coincidir con las de su dios. Pero tenemos algo en común, hemos callado mucho, hemos callado dolores, tristezas, penas, las hemos vivido solas, no les he preguntado a ellas sus motivos, solo soy consciente de los míos, pero estoy casi segura que compartimos que nos enseñaron a creer que lo que sentimos no es tan importante, ni tan válido como para contárselo a alguien más, ni pedir ayuda cuando la carga es tan pesada de llevar solas.

No importa si es una tristeza/dolencia que venís cargando desde hace años, algo que no has podido verbalizar pero que te aprisiona el pecho desde que despertas, no importa sí es algo que duele tanto que te deja sin ganas de vivir la vida, es mejor no decírselo a nadie, “los trapos sucios se lavan en la casa”, aunque ni en la casa se pueden mostrar, “lo que te pasa a vos es tu asunto, de nadie más” me repitieron desde chiquita…

Son las once de la noche de un viernes, me siento triste y vacía, aunque podría decírselo a alguna amiga no le escribí a nadie ¿para qué? Pienso, llevo meses así, a las que se los dije antes lo saben, y me harto de mí misma, cómo no se van a hartar ellas también. Son las once de la noche de un viernes en el que tengo una montaña de tareas pendientes y lo único que puedo es quedarme en la cama. Puede ser un viernes, un martes o un sábado en la tarde, la sensación es la misma, no quiero salir de la cama, ni responder mensajes, ni darle seguimiento a nada, ni siquiera bañarme o comer. Llevo meses así, quizás años...

Por supuesto tengo buenos momentos, a veces prolongados y hago muchas cosas, me involucro en actividades, hago planes, cumplo de manera responsable mis pendientes, disfruto hacer de todo lo que me gusta, interactúo, le hago al activismo, trabajo por placer, me cuido bien, etc.

Estudiar mi carrera me permitió adquirir conocimientos sobre salud — “enfermedades mentales”, bien podría decir qué “enfermedad” vivo, explicarla y buscar el tratamiento psiquiátrico para sobrellevarla. Creo que me muevo en la contradicción de querer entender la “enfermedad” y dar información a mi círculos más cercanos para, en la medida de mis posibilidades, romper el estigma, otras veces me autoengaño en mi intento de ruda y digo que todo bien que esto es pasajero y que puedo sola, que qué pereza educar a la gente cuando van a seguir reproduciendo estereotipos de ésta u otra enfermedad mental, o banalizando el tema en su cuenta de twitter.

Otras veces quisiera vivir en un país/región que no tenga tantas carencias en el sector salud y poder ir a internarme a una clínica porque sé que corro el peligro de hacerme daño y no puedo sola pero tampoco quiero pedir ayuda, otras veces pienso que no es una ninguna enfermedad, que eso es un invento de la industria farmacéutica pero que en realidad lo que vivo son los efectos de lo que significa vivir nada adaptada a un sistema heteropatriarcal, racista, colonial, neoliberal, y hacerlo siendo mujer, lesbiana, feminista, chavala, sobreviviente de múltiples violencias, en un país del “tercer mundo”, en condiciones de precariedad.

Aunque no siempre estoy dispuesta al diálogo, ni a abrirme a compartir lo que siento, no puedo sola, ninguna de nosotras puede sola, asumirlo es caer en la trampa neoliberal de “salí de tu zona de confort”, “el cambio está en vos”, o cualquier receta individualista que no toma en cuenta que somos sujetas sociales no en el vacío sino en el patriarcado capitalista, y por otro lado que somos seres interdependientes.

Sol Camarena escribió un artículo en el que se pregunta ¿Qué podemos hacer colectivamente para ayudar a aquellas que vivimos con impulsos e ideación suicida, especialmente a las más jóvenes? ¿Está en nuestra mano facilitarles la vida a aquellas que vivimos pensando en dejar de hacerlo?

Por supuesto es un asunto de voluntad, yo quiero-busco sanarme, me gusta creer que hago lo que puedo para abonar a ello, con todo y mis ensayo-error, pero la voluntad no alcanza. El acompañamiento de otras es necesario, aunque ni todo el amor del mundo en una mirada, en un mensaje de texto o de voz de una compañera, amiga, amante, terapeuta, es suficiente para sanar un continuum de síntomas que llegan a explotar, reconozco que hoy sigo aquí en gran parte porque mis amigas me han cuidado cuando yo no fui capaz de hacerlo.

Lo cierto es que no hay recetas mágicas, ni frases de autoayuda que sirvan, ni siquiera la psicoterapia se puede aplicar de manera exacta a cada mujer y lesbiana que busca ayuda profesional por presentar una “sintomatología” como ésta, porque intervienen situaciones, condiciones, historias, intersecciones vividas para cada una. Quizás ni lo que a mí me funciona me funcione el próximo período en el que la esté pasando muy mal.

Las organizaciones de mujeres son las que están acompañando a mujeres que manifiestan la necesidad de ayuda psicológica, llegan ahí después de denunciar violencia machista. Pero las organizaciones feministas no dan para estar en todo, hay problemas estructurales que atender. En todo caso, el feminismo podría aportar herramientas para pensar en la sanación colectiva, pero ¿qué rol juega el movimiento feminista para ayudar a mujeres y lesbianas que se han planteado acabar con su vida? ¿debería-mos hacer algo al respecto? sino, ¿quién asume esta problemática social? que no se da en el vacío, sino en condiciones de empobrecimiento y precariedad donde pensar la salud mental es un lujo.

Hace unos días sentí la calidez y calma de un día soleado después de meses grises, escuché un especial de seis horas del lanzamiento de una radio de cultura y existencia lesbiana que están sembrando unas compañeras lesbianas feministas en el sur de $hile, desde sus reflexiones y sabiduría lesbiana hablaron de la importancia de romper los silencios históricos como mujeres y como lesbianas, de la necesidad de acercarnos a otras para construir complicidad, hablaron de la importancia de la comunicación (no entendida en los estrechos marcos de la “comunicación” hegemónica), de la importancia de crear vínculos fuera de la misoginia, de la importancia de nombrar nuestra existencia, de apostar a construir el cambio civilizatorio que nos heredó Pisano con su pensamiento. Todo lo que decían para mí tenía sentido, escucharlas fue como sentirme reflejada en sus palabras, fue como encontrar mi territorio, volver a soñar, aunque fuese brevemente y a distancia.

No es la primera vez que lo vivo, otras veces he sentido que encuentro un lugar en el mundo cuando me vinculo desde la complicidad feminista y/o lésbica feminista con otras. En la vida análoga y en la virtual identifico a amigas, compañeras o conocidas que con su presencia, reflexiones me han aportado a sentirme menos sola, a enraizar en la vida. Y aunque, mucho o todo el trabajo para estar “bien” depende de mí misma: cuidarme, no hacerme daño — aunque hay días/noches enteras que no dejo de pensar en otra cosa — también estoy convencida que es menos pesado cuando se hace sabiendo que hay otras que están ahí, y otras que están luchando con algo similar y lo hacen con honestidad y valentía.

Porque enfrentarte a tus propias voces que te dicen que lo mejor que podés hacer es morir, y responder que no, que aún queda mucho por hacer, ser, sentir, ver, es un acto de valentía cotidiano que sigo aprendiendo, así como recordar-me ser amable conmiga, siendo consciente que nada en la vida es lineal, que ya he salido muchas veces de tristezas agudas, que ya he sanado muchas veces la sensación de una corazona rota, y se vuelve a romper, que la tristeza a veces es necesaria porque es una respuesta neuroquímica ante situaciones que ameritan sentirla, pero que también para elegir la vida cada día, es necesario darles sitio a la valentía y a la confianza.

Judit AbarcaActivista feminista. Graduada de psicología, con experiencia en investigación y comunicación social, apasionada por la fotografía.

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