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Sobreviviente De Una Sociedad Enferma

Sobreviviente De Una Sociedad Enferma

El asesinato del carácter se refiere a la difamación o el ataque personal y vicioso hacia una persona con la intención de destruir o dañar su reputación o confianza.  Una vez cometidos, estos actos son difíciles de revertir o rectificar.  Es así que se asemeja al asesinato literal de una vida humana.  El daño ocasionado puede durar toda una vida o, para figuras históricas y personalidades importantes, por muchos centenarios luego de su muerte.

En mi cumpleaños 30 recibí el mejor regalo que Dios podría haberme dado, ese día nació mi valiente hija. Despues de un embarazo sumamente estresante, plagado de llanto, trabajo duro y una preclamsia severa, ese regalo me llenó de felicidad. En ese tiempo pensé que todo lo negativo que había vivido los últimos meses de embarazo había llegado a su fin y que a partir de ese momento podría conectarme de manera positiva con todo lo bueno que estaba sucediendo.

A los 40 días del parto, mientras contemplaba a mi bebita dormir, besándole sus piecitos y dando gracias por estar ahí, llegó a mi casa una acusación penal en mi contra, una completa falacia que amenazaba con encarcelarme, con apartarme de mi hija y de mi familia. El mundo se me vino abajo, empecé a tener terribles pesadillas, vívidas, que no sólo me atormentaban durante la noche, sino que se repetían como una película de terror durante el día.  

Mis días estaban divididos entre el trabajo, las continuas reuniones con abogados, el estrés económico -siendo yo la única proveedora en casa-, las pláticas familiares que giraban en torno a lo estaba pasando y lo que convendría hacer, etc.  Mi madre cuidaba a la niña y a mí, me repetía constantemente que esa falsa acusación no tendría cabida en el sistema legal y que todo saldría bien.  Visitábamos la iglesia y eso me daba paz, creí que era una mala pasada y que después sería una historia olvidada en mi mente y corazón.  De repente la situación fue volviéndose más adversa, yo había hablado con mis empleadores sobre el problema y había recibido su apoyo, pero entre chismes de oficina y el morbo de la gente, el ir al trabajo se había convertido en una tortura.  Quería renunciar pero no podía, tenía que mantener mi casa y además pagar más de la mitad de mis ingresos en abogados.  Pasó un año, mis amigas más cercanas sabían de la situación, yo que tanto les confiaba empecé a tener pena de contarles cómo me estaba sintiendo, no porque ellas me juzgaran sino porque estaba desarrollando un sentimiento de vergüenza y de valentía fingida.  Quería que las personas y mi familia pensaran que yo no tenía miedo, que no me afectaba, que todo estaba bien. 

Me estaban atacando las pesadillas cada día más, la situación legal se iba poniendo más y más adversa para mi.  Cada vez que ponía un pie en los juzgados, mi estómago se alborotaba, terminaba con diarrea e incontinencia.  Las pesadillas vívidas eran a diario, incluso si tomaba una siesta.  Empecé a tener vivencias que considero sobrenaturales.  Un día durante la misa del Santísimo, yo estaba de rodillas con los ojos cerrados, el padre andaba por toda la Iglesia orando, de repente empezó a orar por las personas con problemas judiciales, escuché y al abrir los ojos, él estaba frente a mí con la cruz casi sobre mi rostro, él no conocía mis circunstancias, empecé a llorar de forma incontenible y me sentí esperanzada. Un par de días después cuando iba con mi abogado a entregar un documento en la oficina del abogado acusador, mientras estaba sentada en la recepción, vi como el cielo empezó a oscurecer de forma súbita y un viento furioso movía las hojas de los árboles de la cuadra, y de repente cayó un rayo cerca y se escuchó el fortísimo estruendo del trueno, miré a la calle y estaba parqueándose la persona que me acusaba, fue u momento terrorífico que se repitió en mis pesadillas esa noche de forma más siniestra.

Todo estaba sucediendo más rápido respecto a mi caso, a casi una semana de la fecha programada de juicio, mi cabeza empezó a colapsar, las pesadillas trascendían al sueño, un día me caí de la cama y al aterrizar contra el balancín de una mecedora me rajé la cabeza, andaba bien errática por la falta de sueño reparador.  Conforme asistía a las audiencias y veía la parcialización del juez en mi contra, desarrollé una especie de tos imparable que me dejaba sin poder respirar.  Recuerdo que llegaba a ponerme pálida, no podía respirar por la nariz ni por la boca, lloraba porque sentía que me estaba ahogando y sólo mi madre y mis hermanos podían hacerme respirar de nuevo, estos episodios se daban siempre que hablabamos del caso, que era un tema diario.

Empecé a visitar al psiquiatra, me diagnosticaron -etiquetaron- con Trastorno Ansioso Depresivo Situacional, acompañado de ataques de pánico, crisis de llanto, insomnio y espasmos traqueo-laringeos que causaban mis momentos de asfixia.  Me prescribieron Clonazepan y Paroxetina, para mantenerme "tranquila", tenía la presión de querer dejar de ahogarme y a la vez estar bien consciente para el juicio próximo.  Todo en mí estaba revuelto, miraba a mi hija y quería morirme, se empezaban a paralizar mis piernas y hasta llegué a orinarme de pie, la asfixia no se detenía. 

El dia del juicio llegó, me tome mis pastillas de la "tranquilidad", pedí manejar hasta el lugar para demostrar que que estaba bien, de camino choque tres veces, dos en parqueos y uno en plena vía pública, le daba dinero a los afectados para que no me atrasaran y aunque mi mamá insistía en manejar yo estaba enfrascada en hacerlo.  Llegué a la audiencia, vi la cara de las acusadoras y les tenía miedo, empecé a ver en sus rostros figuras demoníacas, parecidas a una escena de la película el Abogado del Diablo.  Me sentía perdida y por momentos creí que era sólo una pesadilla más. Después de 5 horas de juicio me declararon culpable de un delito que no cometí y del que se iba a establecer la pena tres días después.  Llegué a casa con mi familia, el abogado y algunos amigos, todos estaban desencajados.  Vi a la niña en brazos de su Nana y no pude acercarme a ella.  Esa noche pensé que sería mejor acabar con mi vida que hacer que mi hija y mi familia me visitaran en una cárcel. 

Esa noche me rompí, sí, mi mente y mi corazón no soportaban más, tomé más de la dosis de clonazepam para apagar mi cerebro y me dormí.  Me levanté llorando, mi madre me dijo que era mejor ir a la oficina a renunciar, que no me preocupara más, que el dinero iba a salir de algún lado.  Fui y renuncié, vi las caras de la gente del trabajo, vi lástima y vi burla.  Fui al psiquiatra que estaba cerca para que me ayudara con más medicamentos o algo que me ayudara mas rápido.  Afuera de su consultorio empecé a vomitar hasta las bilis y empecé a asfixiarme nuevamente.  Me remitió de inmediato al hospital donde estaba asegurada para que dieran calmantes y contuvieran la deshidratación; una vez resuelto eso, me tenían que remitir al hospital psiquiátrico para la "Intervención en Crisis".  Me internaron por 5 días en el pabellón ambulatorio del hospital Psicosocial.  Me dieron un cuartito pequeño en muy malas condiciones con una cama y un sofá.  Me llevaban un vasito con tres o cuatros pastillas que tenía que tomar en presencia de la enfermera y mostrar mi boca abierta para comprobar que las había tomado. Era la primera vez que dormía sin mi hija, me dolía horrible.  Mi madre por los nervios empezó a tener problemas para caminar y a usar un bastón, de todo lo que estaba pasando me sentía la única culpable.

En el hospital psiquiátrico me entrevistaban una vez al día.  Me tocaba contar lo que me había pasado a un doctor nuevo cada vez, no había interacción con el médico más allá del yo hablar y él escribir.  No salía del cuarto por miedo, dormía todo el día.  Las pesadillas habían cesado, esperaba que me dieran de alta y poder estar de vuelta en casa con mi niña.  Los días pasaron y cuando salí, llegué a bañarme a casa, recuerdo que tenía tantos piquetes de zancudos en el cuerpo que parecía que tenía varicela.  El medicamento me daba mucho sueño y mareos, aún sentía deseos de morir.  Me sentía horrible pero al menos más segura de estar en casa.  Esa tarde que regresé me llamaron de un lugar donde había aplicado para un trabajo meses atrás, tenían el puesto para mí con un buen salario.  Pedí integrarme una semana después y fui aceptada; una buena noticia entre tanto dolor.  También me enteré que mis amigos más cercanos estaban haciendo una campaña mediática denunciando la injusticia de la que estaba siendo víctima.  Recibí mucho apoyo de la gente pero también terribles comentarios y juicios vulgares en mi contra.  Me recomendaron alejarme de las redes sociales y dejar que mi familia y amigos tomaran riendas en el tema.

Empecé a trabajar, tomaba mi medicamento y asistía a terapia con el psiquiatra.  Los problemas legales continuaban y el presupuesto me hizo dejar la terapia.  Seguí con las pastillas que habían logrado que durante casi un año no llorara ni una lágrima, tampoco podía reírme a carcajadas.  Mis emociones se desvanecieron por completo.  Decidí dejar las pastillas de a poco y concentrarme en el trabajo y mi familia, siempre tratando de seguir adelante.  Tenía miedo que la gente me reconociera en las calles y me juzgara.  Me escudé en mi familia y fui perdiendo mi capacidad de decisión y autodeterminación,  pensaba que mis decisiones causaban dolor y que era mejor que mis cercanos definieran las cosas importantes en mi lugar.  Así pasé tres o cuatro años, emprendí mi negocio y todo estaba estable, aún con las pesadillas y uno que otro día depresivo. 

Un día conocí a mi alma gemela.  Me enamoré y decidí hacer una vida con él.  Con esta decisión, me enteré que las personas que me rodeaban también me juzgaban y estigmatizaban, 'la débil y loca' no era capaz de tomar decisiones razonables, y el enamorarme se convirtió en algo que debía someterse a aprobación de los demás, una vez más mi cabeza se rompió.  

Me cambié de ciudad y continué mi negocio, pero el chisme granadino me convenció de que era más sano salir corriendo.  Volvieron las pesadillas y llego la depresión, pasaba días sin querer hacer nada, sin querer salir de la cama.  Sólo las obligaciones con mi hija hacían que me levantara.  Casi 5 años después, por esas cosas mágicas que hace el dinero con las instituciones de justicia del país, la amenaza de ir a la cárcel volvió a mi vida.  También volvieron el estrés y el sufrimiento.  Finalmente, después de pelear mucho por un tema tan doloroso, obtuve el finiquito del caso legalmente, y fue entonces que decidí con mi pareja que era necesario cambiar de ambiente de forma abrupta.  Quería vivir lejos de una sociedad a la que le resulta tan fácil emitir juicios sobre circunstancias que desconocen, quería vivir en un lugar donde nadie supiera mi nombre ni yo el de los demás.  Sabía que podía dejar a la gente atrás y que el dolor seguiría, pero con menos presión del 'qué dirán'.

Nos mudamos a una montaña, donde es difícil tener internet fluido, donde no hay cable y el celular se puede usar desde un sólo punto en la casa.  Aquí estoy sanándome, respirando aire puro, sembrando y comiendo de la tierra, viendo el cielo estrellado cada noche.  Aquí sigo intentando lidiar con mis pesares y mis pesadillas, tratando de tener más días buenos que malos, sin más pastillas de la "tranquilidad".  Aquí estoy conectándome más conmigo misma, entendiendo que no soy culpable de lo que me pasó.  Aquí estoy, con el apoyo de mi Papa, el amor infinito y paciente de mi pareja y mi hija.  Aquí... sin más juicios de nadie.

 

Elsa Head, mujer que encontró su camino a través del dolor y el miedo. 

El Fenómeno Kafkiano

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